Pequeña oda tintinesca

A ti, que me proteges y guías mi mano cuando escribo.

Un día, cuando tenía como 9 o 10 años, le enseñé a  mi tito Fa la novelita que estaba escribiendo en aquel momento. Trataba sobre una chica que no contaba con demasiados amigos y pasaba un cumpleaños de mierda. Imagino que trataba de volcar toda mi frustración en aquel relato y hacerme sentir un poquito mejor.  A mi protagonista la obsequiaban con un paraguas mostaza, que supongo que sería mi prototipo de regalo horrendo e inútil. No lo sé. Mi tito Fa se rió mucho al llegar a esa parte, y me dijo: “¡Pero si el mostaza es un color muy chulo!”.

Hoy, después de cerca de 10 años, he caído en la cuenta de que tenía razón. Llevo meses comprando ropa color mostaza de manera inconsciente, y la oración retumba en  mi cabeza. Como una especie de recordatorio culpable. Como un ejemplo de lo mutable que puede llegar a ser la vida. La novelita, por supuesto, no la terminé. Debe de andar perdida en la base de datos de algún ordenador gigantesco.

Pobre paraguas. En estos días de frío y lluvia, lo usaría con gusto. Y le pediría disculpas. Seguro que se siente tan triste…

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21 años, 20 conmigo

Te llaman porvenir
porque no vienes nunca.
Ángel González.

 
Tengo tantas preguntas sobre el futuro
que últimamente se me hace bola
hasta el mañana más cercano.
Tengo, en general, dudas.
¿Quedará bien esta blusa
si debajo me pongo unas oposiciones que no deseo?
Quizás combine mejor
con los pantalones de cajera de un supermercado.
Tú ya sabes cuál.
En efecto, a veces se me llena la boca
de agobios hipotéticos
que no siento que me correspondan.
Y es que sólo cuento con 21 años
y 20 son tuyos.

El mundo me parece muy inestable estos días,
muy antipático. Ya no es como lo recordaba.
Oye, espérame, ¿adónde vas tan deprisa?
Siento no seguirte el paso,
todavía estoy aprendiendo a caminar
y tropiezo continuamente con estos cordones
mal abrochados.
Pero, ¿es que acaso no lo ves?
Tan sólo cuento con 21 años,
¡y 20 son suyos!

Qué grande es todo cuando lo miras desde el suelo.
Qué grande, y yo aquí tan pequeña…
Entre las dudas, entre el futuro que ya llega
se abre paso una tranquilidad inesperada.
Alguien ha estado siguiendo mi recorrido,
y aunque tiene los ojos muy grandes
es tan pequeña como yo.
Claro, es que tan sólo cuenta con 21 años
y encima 20 son míos.
Qué digo míos, nuestros.
Menos mal que aún tenemos que crecer:
20 años a compartir apenas saben a nada.

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ERRANTE

No seré jamás la musa de ningún poeta ni el motivo por el cual se escriben las canciones; los conceptos estáticos y yo no nos soportamos, y por esa misma razón no puedo ser la misma persona dos días consecutivos. Ni siquiera dos horas. Cambio al ritmo de las manecillas del reloj y, cuando menos te lo esperas, yo ya no soy yo. Ni mis pensamientos, ni mis opiniones.

A veces soy mujer y otras la niña de trenzas y pecas, porque crezco o decrezco según mis circunstancias, y nunca sé cómo debería reaccionar. Pero soy tantas otras personas… soy la que tropieza al subirse al autobús y el objetivo de cualquier vehículo y cualquier charco en los días de lluvia. La olvidadiza, la desordenada, la que niega serlo. Soy la dramática, la que no encuentra lágrimas para los momentos importantes y la que llora al acabar un poema muy intenso, aunque no siempre soy todo lo que escribo. Soy ojeras hasta los tobillos y por supuesto, soy el eyeliner que cambia en cada parpadeo. Todo lo ridículo, todo lo débil, también soy yo, pero además de eso soy risas, sueños. Corazón.

Si me preguntasen que si me gusta lo que soy, probablemente diría que no. O que sí. Yo qué se, es que así soy yo. Y no, jamás seré musa, pero al menos seré mi propia literatura.

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DÍA SORPRENDENTEMENTE AZUL

No existen hoy los poetas felices
ni días con el sol siempre en la frente,
los gatos no pueden permitirse siete vidas
y la gente
sigue caminando demasiado rápido
como para estar despierta.

Los charcos aparecen en las calles
y maldigo mientras el cielo
juega a caerse sobre mis hombros
y me da un beso en la barbilla.

Pero nada importa ahora.
Yo, que soy poeta
y gato
y que no ando, vuelo mientras duermo
simplemente me conformo
con que existan los remolinos de hojas,
los tés demasiado dulces,
las llamadas de una hora
y las amigas que te devuelven el equilibrio.
Yo, que con no mucho me entristezco
hoy florezco con nada.

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RELATO ABANDONADO EN UNA PÁGINA ROTA

Hoy te escribo a ti, niña invisible. Pareces tan ajena que a veces me haces olvidar el hecho de que, en realidad, me tienes calada y siempre sabes darme donde duele. Te ríes de la manera que sabes que no soporto y señalas con el dedo lo más oscuro de mí. Desde aquí abajo puedo ver en el pedestal tus formas perfectas, tus números y tus letras, tus orgasmos más sinceros. Y brillas, ¡cómo brillas! Te mueves al ritmo de mis mentiras sin tropezar y hay días en los que siento que te conozco y que existes más allá de mi cabeza, lo cual sería una broma doblemente cruel, porque tú sólo apareces en días como este, cuando todo me parece hartamente cuestionable. Qué más da si sigo hurgando en la herida.

Pero todo esto ya lo sabes; mis miedos, aspiraciones, debilidades, pesadillas y sueños. Existes en la medida en que yo existo. Existes porque yo quiero. Existes porque, de alguna manera, yo te necesito.

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ÚLTIMAS IMÁGENES ANTES DE DORMIR

Me abrazo a tu ángel
mientras subes y bajas las colinas de mi mente
y echas a patadas
cualquier pensamiento oscuro
que pudiera haberse escondido
en algún rincón.
Traes entre tus brazos
aquel pedacito de luz
que tanto me gusta,
el que ilumina los recuerdos olvidados
de la alacena vieja,
y que llena todo de risas,
gemidos
y música de festival de verano.
Entonces
me agarro a tus finos dedos
y recorremos juntos toda nuestra historia;
a mí me gustan los prólogos idealizados,
tú prefieres seguir
escribiendo en los márgenes
arquetipos
de capítulos nuevos,
siempre con fe en lo nuestro.

Abro los ojos
y todavía estás ahí,
y compruebo, una vez más,
que efectivamente, eres un niño en mis brazos
y un pájaro que vuela libre
cuando se abren
las jaulas.

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CHARLA LIGERA DENTRO DE MI CABEZA

Crecemos y no cambiamos en absoluto, tan sólo evolucionamos en una forma o fachada diferente. Los años pasan, pero dentro de nosotrxs todo sigue igual. El mundo continúa siendo un lugar extraño y a veces inhóspito del cual no conocemos los recovecos, y las inseguridades no difieren de las que tenías cuando eras niña y te escondías para soñar con una realidad paralela donde todo iba bien, porque nadie quería jugar contigo.

Aún existe el miedo a estar sola, a ser abandonada, a ser juzgada. Todavía hoy te miras desde los hombros de la gente y piensas que cualquier persona es mejor que tú. No sabes dónde está tu lugar ni si existe ese lugar ni qué vas a poder aportar a una sociedad de la que tampoco pediste formar parte.

Al final, el temor a perderte es tan grande, que sigues un camino que no recuerdas haber dibujado con tal de no salir del rebaño y quedar totalmente expuesta. No eres nadie, sólo otro ser mediocre en medio del caos que lucha por no ahogarse en la marea de gente que inunda las calles de la vida.

Si te quitases la máscara y todo lo que te disfraza, verías en el espejo a la misma niña perdida que ayer temblaba y que esconderás el resto de tus días.

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